dimecres, 30 de gener de 2013

Análisis: Tiny Tower (iOS, Android, Facebook)

En estos tiempos de crisis, mucha gente se acuerda de las teorías de Bakunin sobre la autogestión... ¿Acaso no soñaríais con un edificio autónomo y totalmente gestionado por sus mismos vecinos? Jugar a ser el supervisor de un grupo de gente que se ayuda mutuamente y que se rige como un pequeño país metido en un edificio sin que se convierta en un clon del descontrolado barrio secreto de Kowloon.

 Dream Heights es el retoño de un pequeño equipo de programadores llamado Nimblebit. Su idea ha sido copiado por la todopoderosa Zynga para un juego también basrtante disfrutable, pero que cansa más rápido (lo he acabado borrando tras un año y un mes de jugarlo. Ya estaba hastiado) y a pesar de su superioridad gráfica y sonora no tiene la variedad posibilidades de su hermano. Tener detrás a una empresa de miles de trabajadores no garantiza nada. Nimblebit realizó un divertido artículo donde agradecía a Zynga la copia con mucha sorna, ya que multiplicó las descargas de su producto.

Sin embargo, decir por decir, todos estos juegos se basan en el clásico Sim City (a su vez basado en otros juegos más antiguos).




Para empezar, hay que dejar bien claro que Tiny Towers, aunque es apto para todas las edades, tiene como target los treintañeros, que son los que mejor pueden pillar los chistes y referencias a juegos de los años 80. De hecho, como se ve claramente en los gráficos pixelados, todo el juego es un homenaje a la época en que la NES dominaba el mundo.

Es un juego austero y sencillo, aunque engancha como casi todo simulador social. Hay que empezar a construir una torre por el piso 1 e ir haciéndola habitable, construyendo apartamentos y tiendas, mejorando éstas para que hagan dinero más rápido (poniendo a cada uno de sus habitantes en el trabajo que ellos desean tener) y poder seguir especulando inmobiliariamente. Hasta hoy casi nadie sabe ni quiere saber cuántos pisos puede tener la torre. Los programadores siguen agregando pisos y más pisos, así que solo los que pagan por tener dinero rápido o ventajas pueden adelantarse al resto. Sin embargo, el juego es más apasionante jugarlo sin pagar. Poco a poco se han introducido mejoras para favorecer a los que somos tacaños y hacer que nos llenemos las alforjas de billetes (que sirven para adquirir ascensores rápidos, acelerar acciones, comprar inquilinos, cambiarlos por monedas para construir pisos... O usarlos como estrategia para lograr aun más rédito): misiones, propinas de los visitantes o el reciente guardado de visitantes VIP (tengo 5 agentes de la propiedad guardados, lo que me ahorra 25 billetes) que hace mucha risa dejarlos esperando en el vestíbulo.

Uno de los detalles más graciosos es el Bitbook, un falso Facebook donde los inquilinos sueltan muchas paridas y unos pocos datos útiles para el juego. Sirve de diario de actividades o para reirse un rato con chistes aleatorios (como el de proponer hacer un velatorio por cada tienda que se queda vacía).

Otro buen detalle es que es un simulador que si se juega off-line sigue casi totalmente funcional, por lo que podemos jugar en cualquier lado sin tenernos que preocupar de que otros jugadores nos visiten el edificio con dinero, ya que éste se acumula conforme pasa el tiempo. Otro buen detalle es poder personalizar los pisos (nada especial: cambiarles el nombre y los colores, pero ofrece una experiencia de juego más personalizada que DH).

Entre sus defectos están el de todo simulador social sencillo: con el tiempo puede resultar cansino, y que la música es agradable, pero muy repetitiva.